Felicidad.

Felicidad, que no facilidad.
Felicidad,
tremendo nombre tienes.
Vienes a visitarme siempre en viernes,
tan impropia como insana,
marchas si te da la gana.
Te suplantas por tormento
dejándo oscuridad dentro.
He de decir y no miento
que siempre te vi en el viento.
Y aunque anhele la verdad
estoy cansada de este cuento.

Lucía Climent Bodoque

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Olores.

Hay olores que se impregnan,
que se te meten dentro y siempre los recuerdas.

A mí me pasa con tu cuello, por ejemplo,
con ese olor a dulce y a ropa lavada
a esperanza y ternura que desprendes,
casi imperceptible si no estás a tan solo milímetros.

Esa mañana, después de levantarme de la cama
me dio por investigar el pueblo al que me había mudado.

Bajé todas las calles que se quedaban a mi derecha
y llegué a un pequeño rincón
que hacía el río con un par de rocas y unas cuantas ramas.

Me senté a meditar y a escuchar a los árboles,
a cantar en silencio con el agua
y bailar sin moverme con las nubes, a olvidarte.

Voló el tiempo y llegó la hora de subir las cuestas.

Cuándo mi cuerpo no soportaba ya el cansancio por la pendiente
giré hacia una calle recta que tenía a mi derecha.
(El camino era más largo pero también más  llano.)
Llegue al lavadero y me senté.
Te llevaba a cuestas, pesabas demasiado y cogí aliento.

Ahí lo percibí,
como la primera noche que inspire tu cuello, me invadió entera,
me asusté, y de un brinco comencé a andar de vuelta a casa.

Con cada paso que daba el olor era más notable y en cada inspiración
me venían a la mente todas las noches de besos,
de mirarte en silencio,
de morder tu cuello,
de pedirte más y que me dieras tiempo.

Esa mañana no estabas,
las memorias sin embargo son eternas
y en mi mente tu presencia era más que visible,
aunque ahora sin ti
yo ya no era invencible…

No te hablé, te molestaba
Y era previsible que mi todo terminaba.
Yo tenía aquella esencia
y mil recuerdos de un loco que se cree cuerdo
al que ya no conocía
Ahora ya no me importaba,
O eso era lo que decía,

Nos miraban desde lejos
Pobres muchachos y viejos,
hacían lo que podían,
escondiendose en la sombra
para escribir a hurtadillas
otra historia inacabada
de cuando estaba de rodillas
y por la mirilla
vieron mojada la alfombra .
Ya saben mejor que yo
que de esto,
ya no queda nada